
La semana pasada me encontraba en Polonia y casualmente cerca de Auschwitz. El sábado hice una visita al campo de exterminio y pasé la mañana recorriendo sus dependencias. Las impresiones son difícilmente trasladables a palabras. Nada de lo que vi y oí era nuevo para mí; pero visto y oído allí recobraba una crudeza, una magnitud y una crueldad difícilmente asimilable para una mente normal como la mía.
Sólo trasladaré tres detalles que me impactaron y que no se me olvidarán:
- Un mapa de toda Europa en la que aparecían las ciudades desde las que partían los trenes de la muerte que acababan en Auschwitz. En el mapa aparecía una flecha de cada ciudad a Auschwitz. Una impresionante estrella de muerte y terror. Una estrella que deja constancia clara de la terrible planificación de la eliminación total de una raza. Todo estudiado, meditado y desarrollado como una empresa multinacional de aniquilación.
- Los niños que se salvaron del exterminio no sabían cómo se llamaban, cuándo habían nacido, quienes eran sus padres. Sólo tenían un número tatuado, su mundo era Auschwitz. Durante años jugaron al campo de concentración, a levantarse, acostarse, trabajar a golpe de orden, a golpe de golpes e insultos.
- Una historia de un cura Polaco que ofreció su vida por la de un padre que lloraba por no morir. La aceptaron, el cura tardó catorce días en morir. El padre sobrevivió a la masacre y años después volvió con su familia para honrar la memoria de su salvador. En la celda donde murió se mantiene una vela encendida en su memoria.
No existen años en la eternidad para que los hombres en general y el pueblo alemán en particular puedan pedir perdón por lo que hicieron.

